Espalda
Es lo que todos tenemos. Pero que ninguno es capaz de frotarse al ducharse. Es esa parte del cuerpo que necesitamos que nos toquen mas que nada en este mundo. Es esa parte que tanto nos puede doler si alguien nos la da. Es la parte más amplia de la piel sin pliegos. Es la pureza de nosotros. Pero la soledad de nosotros. Es eso que nos sirve como parte para descansar, pero a veces no nos deja descansar. Es lo que nos delata. Una espalda recta y orgullosa o otra ligeramente curvada como llevando ese yugo que no nos deja crecer… No, no es la cara lo que nos delata, no es la cara lo que tenemos que lavarnos por la mañana. Es la espalda. Ese envidioso órgano de nuestro cuerpo al que nadie le hace caso y que nos castiga haciéndonos notar su presencia cuando no la escuchamos.
Pero la espalda no escucha, siente. No entiende. No puede escuchar la música. Pero si sentir…. El tacto. De que sirve poder escuchar la música más celestial si no puedes sentirla. Que sirve ver el cielo si no lo puedes tocar con tus dedos, dejar que tu dedos se alarguen hacia el cielo. Y se mezclen con el azul. Y ese azul se convierta en una acuarela, en la que el simple tacto haga que unas hondas en forma de pequeñas olitas animen esa parte del mundo sin pliegues. Precioso azul. Tan noble.
Pero que en cualquier momento se puede nublar y tornarse gris. Y las nubes luchen con el color del acero a punto de fundirse. Y se convierta en un precioso baile entre las nubes que viene y se van, y un poco de azul que asome. No hay fotógrafo que prefiera un cielo completamente despejado. Solo esos pobres trabajadores incansables que hacen fotos para postales. Esas postales que realmente nadie queremos ver…. Si miro mis propias fotos, ni una tiene ni un ápice de nube.
Eso es que estoy vacío.
Pero hay algo que me gusta. Es ese inconformismo por aceptar algo por bueno. Esa busca incansable por buscar la belleza. Lo perfecto. Lo azul. Lo impoluto, todo aquello que no tenga pliegues. Todo puro. Limpio. Sin nada que moleste. Sin ninguna mota de polvo.
Es ese vaso que se puede llenar de todo aquello que quieras.
Mientras pienso de que llenarlo, abro la mochila que tengo en la espalda llena de música. No pesa nada pero se nota. Esa mochila que hace que a veces quieras coger el camino más largo a casa. Porque disfrutas de ella. Si, mi mejor amiga. Mi pasión, mi amor… la música. Ese vestido rojo del que habla mi amigo Eric. Mi otra pasión. El rojo. Como ese rojo del capote del torero. Que bonito y cruel a la vez. Que misterio como la muerte puede llegar a ser bonita. Todos aplaudiendo. Y cuando termina la faena, como si nadie se hubiese dado cuenta que ha muerto un ser que hace un rato estaba vivo.
En cada faena muere un poco de nosotros. En cada alegría que sentimos muere algo.
Como esa canción que decía… cuando un amigo se va, algo se muere en el alma.
Pero cuando te da la espalda, algo se rompe en el alma. Para siempre. Y si todos te dan la espalda: Entonces que te queda, mas que un vaso vacío…. O una vela apagada… que puedes volver a encender. Si encuentras el fósforo… y este no está mojado. Y si está mojado…. Escucha la música… que volverá a salir el sol y secará ese fósforo. Pero si ha salido el sol, para que quieres encender la vela si esta se derrite con los rayos del sol. Y el sol siempre se vuelve a ir. GRITA: Escucha esa maravillosa guitarra de “mano lenta” y espera. Que nadie te va a ayudar ni dar la solución… solo tu mismo… O tu espalda?

unasenderista dijo
Tus palabras en mi blog me han dejado anonadada, y veo que tienes profundidad en lo que escribes, el día que la imaginación no sea utilizada, será el día en que la raza humana deje de existir.
Es cierto que no hace alta subir a las altas cumbres del mundo para sentirse asfixiado, son muchas las cosas que nos dejan sin aliento, pero hay quien tiene decesidad de sentir esa falta de aire para darse cuenta de lo vivo que está, de los logros que consigue, cada cual busca su manera de maravillarse y quedar maravillado, saludos
2 Octubre 2007 | 03:36 PM